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Rescatando algunas expresiones de Paul Claval

Paul Claval (1932) se graduó en 1953 como licenciado en geografía en la Universidad de Tolouse y como Doctor de Estado en 1970, en esta misma disciplina, en la Universidad de Bensacon. Es actualmente Profesor Emérito de la Universidad de Paris IV (Paris – Sorbonne) y uno de los principales referentes de la Geografía contemporánea a nivel internacional. El Dr. Claval es autor de más de 26 libros, buena parte de ellos traducidos a varios idiomas, y de más de 200 artículos en revistas especializadas.

Se trata de uno de los autores más prolíficos en la literatura geográfica y uno de los especialistas más destacados en Historia de la Geografía, con importantes aportes a la Geografía Económica, Política y Cultural. Su relevancia académica se pone de manifiesto en las distinciones que ha recibido, como el Premio Vautrim Lud en 1996 (equivalente al premio Nobel en Geografía) otorgado hasta ahora sólo a una decena de geógrafos.

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ACERCA DE LA NUEVA GEOGRAFIA (1)

Cuando la geografía comenzaba a experimentar notables cambios.

La geografía se practica desde la antigüedad, y, al igual que la historia o la etnología, fue tema de la curiosidad de Herodoto. Su primer auge tiene lugar en la época helenística. Los grandes descubrimientos y los adelantos de la cartografía estimulan su desarrollo del siglo XVI al XVIII. A principios del siglo XIX Humboldt y Ritcher determinan sus fundamentos y la convierten en una ciencia moderna. La enseñanza le concede un importante lugar. En resumen, la geografía es una disciplina venerable, y a todos nos es familiar desde nuestra infancia. Entonces, ¿por qué hablar de NUEVA GEOGRAFIA?. Desde hace principalmente cosa de una década esta vieja disciplina ha experimentado una considerable mutación, muy poco conocida fuera de un reducido número de iniciados.

Desde finales del siglo XIX los geógrafos estudian las relaciones del hombre y el medio natural, y practican la ecología a pesar de que este término, ya conocido, sea utilizado únicamente por una minoría. Las combinaciones que se entretejen en el medio y los seres vivientes varían enormemente de uno a otro lugar, y a causa de sus reorganizaciones los grupos humanos aumentan la diversidad natural. La geografía es muy sensible a tales diferencias. A pesar de las regularidades del relieve, del clima y del cultivo, cada región tiene su propia originalidad, cada porción del planeta se presenta como un objeto único. La gestión científica es incapaz de captar la infinita complejidad de la realidad. Únicamente puede lograrlo el arte. La geografía regional que nace con Vidal de La Blache y se fortalece con sus discípulos es pues, al mismo tiempo, una disciplina científica y una forma de humanismo: quienes la practican proponen una meditación sobre la acción humana, sus limitaciones, y sus logros.

Así constituida, la geografía regional es sensible a los temas del medio ambiente, de la conservación, del enraizamiento, y del equilibrio de los hombres y del medio; no obstante, no consigue responder a las inquietudes del mundo actual. Hay que ordenar el territorio, comprender la proliferación de las grandes urbes, de las aglomeraciones de industriales, de las metrópolis o de las megalópolis. Aquí hay que luchar contra el subdesarrollo, y allá contra el hiperdesarrollo, donde la multiplicación de los hombres y de las actividades supone peligrosas poluciones. Los paisajes que eran el encanto de las campiñas de antaño se ven amenazados, a pesar de representar un patrimonio irreemplazable. Pocas respuestas aporta a todos estos problemas la geografía practicada desde principios de siglo. Mucho le deben quienes se interesan por los estrechos marcos del mundo tradicional, por los lentos ritmos de las sociedades que tienen apuros para triunfar del alejamiento y de la ingratitud de los medios ambientes; la historia francesa se ha inspirado en ella en alguno de sus mejores trabajos, desde Lucien Febvre hasta Braudel. La geografía clásica permite la descripción y la comprensión del medio rural, de las realidades que se leen a escala de término municipal, de las comarcas, o de las regiones históricas. No entran en su ámbito la industria, la ciudad, el turismo, las migraciones de población, ni los trepidantes ritmos de la civilización adelantada. Los intentos que se han multiplicado desde hace una generación para ampliar el campo de la geografía de principios de siglo no han bastado para corregir tales limitaciones. Hacia falta volver a emprender la tarea partiendo de la base, poner en tela de juicio sus postulados implícitos, proponer una nueva construcción.

La necesaria mutación está ya bastante adelantada. La renovación ha ido a cargo de geógrafos, pero asimismo, y quizá tanto como ellos, de sociólogos, de economistas, de etnólogos o de urbanistas. Los historiadores también han participado en el movimiento, pero su contribución ha sido menos esencial que durante el periodo precedente.

Ya antes de la Segunda Guerra Mundial el geógrafo Walter Christaller consiguió explicar la sorprendente regularidad de la disposición de las ciudades y su organización en redes jerarquizadas, analizando los desplazamientos y los mecanismos que garantizan su regulación: de este modo desembocó en una teoría (la teoría de los lugares centrales) que demostraba que el principio del orden espacial no hay que buscarlo únicamente en las influencias recíprocas del hombre y del medio. Los fenómenos económicos y sociales desempeñan un cometido esencial. Christaller se inscribía así en la familia de los economistas espaciales que se había desarrollado en Alemania, desde Von Thünen a principios del siglo XIX, hasta Alfred Weber y August Losch. Christaller tomaba el relevo de parte de los geógrafos y vaticinaba una completa transformación de las perspectivas, una ruptura con los centros de interés y con los métodos empleados hasta entonces.

Ni en Alemania, ni en Francia, ni en los países de la Europa continental en los que se había desarrollado el pensamiento geográfico a partir de principios del siglo XIX, estaban preparados los medios eruditos para una mutuación semejante. Las nuevas ideas germinaron en Suecia y principalmente en los países anglosajones, primero en Estados Unidos en el transcurso de la década de 1950, y luego en Gran Bretaña después de iniciada la década de 1960. En este hecho los defensores de la vieja geografía han encontrado un argumento para rechazar la novedad: “¿Por qué también en este terreno tenemos que capitular ante el imperialismo norteamericano?”. Por absurdo que pueda parecernos, este argumento ha cuajado, y sin lugar a dudas ha frenado el necesario aggionamento de la geografía europea.

El movimiento no tardó en enriquecerse en dos direcciones: junto a unos modelos teóricos copiados de la economía, los investigadores aprendieron a utilizar los que proponían la sociología, la etnología o la psicología, y ellos mismos emprendieron la construcción de otros; el arsenal de métodos se diversificó prodigiosamente, descubriendo todo lo que puede aportar la estadística; fueron cada vez más utilizados los métodos cuantitativos.

A principios de la década de 1960 es ya perceptible la renovación, aunque se tienen dudas con respecto al calificativo que se le tiene que dar. Unos hablan de geografía teórica, y otros de revolución cuantitativa, expresiones ambas que, aún sin ser inexactas, solamente abarcan la mitad de la realidad. En definitiva, lo que fija el uso es un artículo de Peter Gould del año 1968: “The New Geography, where the movement is...”: la nueva geografía; la expresión hace fortuna, puesto que se aviene perfectamente a la amplitud del proceso; lo que ha experimentado cambios es todo el arsenal de los enfoques, toda la óptica explicativa.

La nueva geografía ha nacido en una época de intensa fermentación intelectual, y se desarrolla en una atmósfera de agitación social. A menudo desorienta a quien la aborda, debido a la diversidad de sus aspectos y de sus orientaciones. Algunos de quienes la practican invocan el neopositivismo lógico: durante la década de 1960 representaban la casi totalidad de los adeptos del renacimiento. Actualmente suele estar de moda el reconocimiento de un punto de vista fenomenológico. En Francia es más corriente inclinarse hacia el lado del estructuralismo. Por último el marxismo, que hasta ahora había representado únicamente un papel secundario en el pensamiento geográfico, se interesa ya por este desarrollo. Jóvenes teóricos proclaman la necesidad de abrir, mediante una ruptura epistemológica al estilo de Althusser, el continente geográfico del conocimiento científico.

Lo que quisiéramos hacer aquí rápidamente es mostrar que la ruptura epistemológica tiene ya un sitio, y que ha dado a la geografía un estatuto nuevo: ha hecho que sea más indispensable para el crecimiento de las demás ciencias del hombre y de la sociedad, confirmando al propio tiempo sus estrechas relaciones con las ciencias del medio. Detrás de la proliferación de los trabajos y de las tendencias es posible ya discernir la estructura de conjunto de la disciplina rejuvenecida.

La nueva geografía no rompe de ningún modo con la geografía de ayer: al igual que en todas las revoluciones científicas dignas de tal nombre, las proposiciones que en la construcción anterior eran centrales reaparecen como casos particulares o como verdades parciales. De esta manera la nueva geografía enseña mucho a quien desea conocer el orden de las sociedades tradicionales y la manera como se inscriben en la superficie de nuestro planeta, aunque es también completamente capaz de ilustrar el mundo actual.

¿Equivale esto a decir que la nueva geografía ha resuelto todos los problemas relativos a la ordenación espacial del mundo? No, y debemos alegrarnos de que así sea, pues demuestra que el movimiento que la ha hecho surgir no ha llegado a su término. Enfrentada al problema de la justicia y del orden, e interrogada sobre las direcciones que hay que tomar para garantizar una mayor igualdad, la nueva geografía se ve a veces en apuros para pasar de la explicación y de la previsión al establecimiento de normas de actuación. Para esto es lo que muchos jóvenes piden en la actualidad a las ciencias sociales, y lo que estas no saben (todavía) hacer a la perfección.

Es indudable que la nueva geografía no podrá dar respuesta a todos los problemas que plantea la distribución de los hombres, de sus actividades y de sus obras en la superficie de la tierra, pero va ya mucho más allá de la que la ha precedido.

Toda persona preocupada por el desigual desarrollo, por el vértigo de la gran ciudad, y por el deterioro de las condiciones de vida, tiene mucha ventaja si la practica, pues es evidente que la nueva geografía forma parte del bagaje indispensable para el futuro ciudadano.

Referencias:

(1) LA NUEVA GEOGRAFIA. PAUL CLAVAL. Oikos-TAU (Barcelona) 1980


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