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 contenido actualizado al 2004 para las secciones



Rescatando algunas expresiones de Milton Santos

ACERCA DE LA METAMORFOSIS DEL ESPACIO HABITADO (1)  

Cuando la geografía comenzaba a experimentar notables cambios.

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LA RENOVACIÓN DE UNA DISCIPLINA AMENAZADA

La importancia actual del territorio (para no hablar de espacio...) en la construcción de la historia puede indicarse por el creciente interés que le dedican no sólo geógrafos sino también, y cada vez más, los urbanistas, los planificadores, científicos tan diversos como economistas, sociólogos, etnólogos, politicólogos, historiadores, demógrafos, etc. Tanto Nels Anderson (1965, p.5) como, más recientemente, Pierre George (1982, p.1) señalaron que el así llamado objeto tradicional de la geografía era tratado cada vez más por varios especialistas. “Nuestro objeto”, lo estudiarían mejor otros, se queja V. D. Dennison (1981, pp.271-272).

Por otra parte, la geografía que sucumbió a las seductoras exigencias del mundo de la producción, ¿no será víctima de una especialización exagerada?. Max Sorre, ya en 1957 (p.10; pp. 35-36), hablaba de una amenaza de “desmembramiento”. J. Allan Patmore (1980) llamó la atención sobre estos riesgos y, a pesar de su escepticismo, R. J. Johnston (1980) llegó a sugerir que, tal como iban las cosas, la disciplina acabaría en anarquía. Le misma preocupación llevó a Brian Berry (1980, p. 149) a declarar, en su discurso presidencial de la Asociación de Geógrafos Americanos, que nos encaminábamos “del pluralismo a la permisividad”. ¿Se puede entonces decir, como afirma M.E. Eliot-Hurst (1980, p. 3), que se trata de una disciplina moribunda?. Se trata sin duda de una disciplina amenazada. Pero las amenazas vienen mucho más de ella misma en su estado actual, que de las disciplinas vecinas.

La cuestión se complica cuando admitimos, junto con R. J. Johnston (1980), que existen tantas geografías como geógrafos o cuando reconocemos, con H. Lefebvre (1974, p. 15) que “los escritos especializados informan a sus lectores sobre todos los tipos de espacios precisamente especializados (...) habría una multiplicidad indefinida de espacios: geográficos, económicos, demográficos, sociológicos, ecológicos, comerciales, nacionales, continentales, mundiales”.

Y. Lacoste (1981, p. 152) sintetiza hasta cierto punto esos pareceres al escribir: “De hecho existen tantas concepciones del ‘espacio geográfico’ o del ‘espacio social’ como tendencias ‘de escuelas’ en geografía, sociología o tecnología; al final, existen tantas maneras de ver las cosas como individualidades conduciendo una demarché científica (...)”.

Es evidente que existen diversas percepciones de las mismas cosas, porque existen diferentes individuos. Pero, ¿se debe por eso renunciar a la aproximación de una definición objetiva de las realidades?. Contrariamente, no se sabría siquiera por donde empezar el trabajo científico. Estaríamos siempre a merced de una ambigüedad. En efecto, para el asunto que nos interesa, es necesario transformar en uno sólo lo que parece ser un problema doble. Se trata de definir el espacio de la geografía, tanto si es una geografía renovada o redefinida, y establecer así su objeto y sus límites.

EN BUSCA DE UN OBJETO: EL ESPACIO

Un sistema de realidades, o sea, un sistema formado por las cosas y la vida que las anima, supone una legalidad: una estructuración y una ley de funcionamiento. La explicación, es decir, su teoría, es un sistema construido desde una filosofía cuyas categorías de pensamiento reproducen la estructura que asegura el encadenamiento de los hechos. Si la llamáramos de organización espacial, estructura espacial, organización del espacio, estructura territorial o simplemente espacio, sólo cambiaría la denominación y esto no es fundamental. El problema es encontrar las categorías de análisis que nos permitan su conocimiento sistemático, es decir, la posibilidad de proponer un análisis y una síntesis cuyos elementos constituyentes sean los mismos.

Recientemente los geógrafos perdieron mucho tiempo y talento en una discusión semántica sin salida. Por ejemplo, algunos prefieren hablar de espacialidad o hasta de espacialización de la sociedad, rechazando la palabra espacio así se trate del espacio social. Sin embargo, la renovación de la geografía pasa por la depuración de la noción de espacio y por la investigación de sus categorías de análisis. Cuando Armando Correa Da Silva (1982, p. 52) enuncia que no hay geografía sin teoría espacial consistente, afirma también que esa “teoría espacial consistente” sólo es válida analíticamente si se dispusiera de un “concepto referente a la naturaleza del espacio”.

El espacio no es ni una cosa ni un sistema de cosas, sino una realidad relacional: cosas y relaciones juntas. Por esto su definición sólo puede situarse en relación a otras realidades: la naturaleza y la sociedad, mediatizadas por el trabajo. Por lo tanto, no es, como las definiciones clásicas de geografía, el resultado de una interacción entre el hombre y la naturaleza bruta, ni siquiera de una amalgama formada por la sociedad de hoy y el medio ambiente.

El espacio debe considerarse como el conjunto indisociable del que participan, por un lado, cierta disposición de objetos geográficos, objetos naturales y objetos sociales, y por otro, la vida que los llena y anima, la sociedad en movimiento. El contenido (de la sociedad) no es independiente de la forma (los objetos geográficos); cada forma encierra un conjunto de formas, que contienen fracciones de la sociedad en movimiento. Las formas, pues, tienen un papel en la realización social.

En cuanto totalidad, la sociedad es un conjunto de posibilidades. La totalidad, afirma Kant, es la “pluralidad considerada como unidad” o la “unidad de la diversidad”, según A. Labriola (1982) y E. Sereni (1970). Esa unidad no es más que la esencia nueva o renovada, cuya vocación consiste en dejar de ser potencia para volverse acto. Este contenido (la esencia) puede equipararse a una sociedad en marcha, en evolución, en movimiento. O, mejor, a su presente todavía no realizado.

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El contenido corporificado, al ser transformado en existencia, es la sociedad incorporada a las formas geográficas, la sociedad transformada en espacio. La fenomenología del espíritu de Hegel sería la transformación de la sociedad total en espacio total. La sociedad sería el ser; y el espacio, la existencia. El ser se metamorfosea en existencia por mediación de los procesos impuestos por sus propias determinaciones, las cuales hacen aparecer cada forma como una forma contenido, un individuo separado capaz de influenciar el cambio social. Es un movimiento permanente, y, por ese proceso infinito, la sociedad y el espacio evolucionan contradictoriamente (Santos, 1983, pp. 43-46).

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IMPORTANCIA ACTUAL DEL ESPACIO

La globalización de la sociedad y de la economía genera la mundialización del espacio geográfico, y le otorga un nuevo significado (S. Amin, 1980, p. 226). En la evolución de la sociedad, cada uno de sus componentes tiene un papel diferente en el movimiento de la totalidad, y el rol de cada uno es distinto en cada momento.

El espacio asume hoy día una importancia fundamental, ya que la naturaleza se transforma en su totalidad, en una forma productiva (G. Prestipino, 1973, 1977, p. 181). Cuando las necesidades del proceso productivo llegan a todos los lugares, de manera directa o indirecta, se crean parcialmente selectividades y jerarquías de utilización con la competencia activa o pasiva entre los diversos agentes. En consecuencia, se plantea una reorganización de las funciones entre las diferentes fracciones del territorio. Cada punto del espacio adquiere entonces importancia, efectiva o potencial, que se desprende de sus propias virtualidades, naturales o sociales, preexistentes o adquiridas según intervenciones selectivas. Al mundializarse la producción, las posibilidades de cada lugar se afirman y diferencian a nivel mundial. Dada la creciente internacionalización del capital y el ascenso de las empresas multinacionales, se observará una tendencia a la fijación mundial, y no nacional, de los costes de producción y a un equilibrio de las tasas de beneficios gracias a la movilidad internacional del capital (E. Mandel, 1978. pp. 187-188), al mismo tiempo que la búsqueda de lugares más rentables será una constante.

Por esta razón las diferenciaciones geográficas adquieren una importancia estratégica fundamental, como advierte Y. Lacoste (1977, p. 147). Se puede escoger a distancia el lugar ideal para una empresa concreta. Ross, Shakow y Susman (1980) recuerdan a propósito, que actualmente los proyectos locales están subordinados a restricciones de naturaleza mundial.

Se puede, pues, decir con respecto a esas nuevas realidades, que tales especializaciones en la utilización del territorio, sean originalmente naturales o culturales, o provengan de intervenciones políticas y técnicas, significan un verdadero redescubrimiento de la Naturaleza o por lo menos una revalorización total, en la cual, cada parte, es decir, cada lugar, recibe un nuevo rol, gana un nuevo valor.

Como el fenómeno es general, se podría decir que en esta fase de la historia se afirma el carácter geográfico de la sociedad, al cual se refería ya en 1957 C. Van Paassen. El hombre alcanza finalmente un conocimiento analítico y sintético de toda la Naturaleza y adquiere la capacidad de utilizar de una forma general y global las cosas que le rodean. A partir del momento que la Naturaleza se define de una forma nueva y sus relaciones con el hombre se renuevan, se vuelve necesaria una renovación de las disciplinas que la estudian. Para la geografía, se trata de nuevas perspectivas y de una capacidad innovadora de trabajar con leyes universales.

Referencias:

(1) LA METAMORFOSIS DEL ESPACIO HABITADO. MILTON SANTOS. Oikos-TAU (Barcelona) 1998


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